
Mateo tiene 82 años y una rutina inquebrantable que es, en realidad, un ritual de supervivencia. Cada mañana, el despertador suena a las siete, aunque él lleva despierto desde las seis, mirando el lado izquierdo de la cama, impecablemente tendido y dolorosamente frío.
Hace un año que Sofía se fue. Un año en el que la casa, antes llena de risas, discusiones triviales y el sonido constante de la radio, se ha convertido en un mausoleo silencioso.
La Taza y la Costumbre
Mateo se levanta, sus articulaciones protestando con cada movimiento. Camina hacia la cocina. El primer acto del día es el que más le duele: saca dos tazas de café. Una es de color azul marino, la suya. La otra tiene flores de lavanda pintadas a mano, la de Sofía.
Sirve el café en ambas. Se sienta a la mesa y coloca la taza de Sofía frente al lugar que ella ocupó durante cincuenta años. A veces, si cierra los ojos y el viento sopla de cierta manera, cree oler su perfume, ese aroma a jabón de lavanda que la envolvía.
“Buenos días, mi amor”, susurra Mateo a la taza humeante.
Espera un segundo, casi esperando escuchar su respuesta: “¿Te has acordado de tomarte la pastilla, Mateo?”. Pero la respuesta nunca llega. El silencio es la única compañía. Después de diez minutos, Mateo se bebe su café y, con el corazón encogido, vierte el café frío de la taza de Sofía por el fregadero. Es el momento más difícil del día, porque es el momento en que acepta, una vez más, que ella no va a volver a desayunar con él.
El Recuerdo en el Rincón
El resto del día es un vagar por habitaciones llenas de fantasmas. En el salón, el sillón orejero de Sofía permanece intacto. Sobre el respaldo, está la manta de ganchillo a medio terminar que ella estaba tejiendo cuando se puso mala. Mateo no ha dejado que nadie la toque.
A veces, Mateo se sienta en su propio sillón y mira el de ella. Recuerda las tardes de domingo, con la luz del sol entrando por la ventana, Sofía leyendo un libro y él resolviendo un crucigrama. Recuerda cómo ella se quejaba de que él roncaba bajito cuando se quedaba dormido.
“Daría cualquier cosa por oírte quejarte una vez más, Sofía”, dice Mateo en voz baja, con una lágrima recorriendo una de las arrugas de su mejilla.
Encuentra consuelo en las pequeñas cosas que ella dejó. Un par de gafas de lectura sobre la mesita de noche, una bufanda olvidada en el perchero, el olor a lavanda que aún impregna su ropa en el armario. Mateo pasa horas acariciando las telas, respirando el aroma que lo transporta a tiempos más felices.
La Visita y la Promesa
Los domingos por la mañana, Mateo se pone su mejor camisa y va al cementerio. Compra un ramo de lavanda fresca en la floristería de la esquina.
Se sienta en el banco frente a la tumba de Sofía. Limpia la lápida con un paño que trae de casa. Coloca las flores con cuidado.
“Este domingo ha hecho un sol precioso, como a ti te gustaba”, le cuenta Mateo. “La vecina ha tenido un niño, ha pesado cuatro kilos. Y yo… bueno, yo sigo aquí. Esperando.”
Mateo no le tiene miedo a la muerte. Al contrario, la ve como el puente que lo llevará de vuelta a ella. Cada día que pasa es un día menos para volver a ver su sonrisa, para volver a escuchar su voz, para volver a llenar esa taza de café.
Mientras tanto, Mateo sigue viviendo, o mejor dicho, existiendo, en esa casa llena de recuerdos. Y cada mañana, sin falta, sirve dos tazas de café, manteniendo viva la llama de un amor que ni siquiera la muerte ha podido apagar.
