
Leo era el tipo de chico que pasaba desapercibido, siempre con un cuaderno de bocetos bajo el brazo y la mirada perdida en el horizonte. Mia, por el contrario, era pura energÃa, una amante de la astronomÃa que podÃa recitar los nombres de las constelaciones como si fueran viejos amigos.
Se conocieron por accidente en la sección de “Ciencias Naturales” de la biblioteca escolar. Ambos buscaban el mismo libro: una edición descatalogada sobre el cosmos. Tras un breve momento de timidez y una sonrisa compartida, decidieron que, en lugar de turnarse el libro, lo leerÃan juntos.
El Refugio del Tercer Pasillo
Aquella mesa de madera crujiente, rodeada del olor a papel viejo y estanterÃas infinitas, se convirtió en su cuartel general. Entre apuntes de fÃsica y diagramas de estrellas, empezaron a compartir algo más profundo: sus miedos, sus sueños de viajar lejos y esa extraña sensación de no encajar del todo en el ruido del instituto.
CompartÃan unos viejos auriculares para escuchar música mientras estudiaban, creando una burbuja donde el tiempo parecÃa detenerse. En ese silencio compartido, los roces accidentales de sus manos sobre las páginas se sentÃan como pequeñas descargas eléctricas.
“A veces,” susurró Mia una tarde mientras señalaba una nebulosa en el libro, “siento que somos como estrellas binarias. Giramos uno alrededor del otro sin darnos cuenta.”
El Primer “Para Siempre”
No hubo grandes declaraciones bajo la lluvia ni dramas de pelÃcula. Su amor creció como las plantas que buscan la luz: de forma natural y constante. Fue una tarde de otoño, cuando el sol teñÃa de oro los pasillos de la biblioteca, que Leo se armó de valor y, en lugar de un dibujo de un planeta, le entregó a Mia un retrato de ella misma.
Al final del dibujo, en una letra pequeña y nerviosa, decÃa: «Tú eres mi centro de gravedad».
Aquella tarde, bajo la mirada cómplice de los libros antiguos, Leo y Mia entendieron que no necesitaban un telescopio para ver lo más hermoso del universo. Solo necesitaban mirarse el uno al otro.
