HISTORIA DE Jonás

La Odisea de Jonás: Un Profeta en Apuros
Jonás no era el típico profeta entusiasta. Un día, Dios le dio una orden directa: “Ve a Nínive, esa ciudad enorme y pecadora, y diles que se arrepientan”. Jonás, pensando en la reputación de crueldad de los ninivitas, decidió que no quería ese trabajo. En lugar de ir al este, hacia Nínive, corrió al oeste, hacia Tarsis, el fin del mundo conocido, y se subió al primer barco que encontró.
¡Grave error! No se puede escapar de Dios. Pronto, una tormenta monstruosa se desató sobre el mar. El barco parecía que se iba a partir en dos. Los marineros, aterrorizados, rezaban a sus propios dioses y tiraban la carga al mar. Mientras tanto, ¿dónde estaba Jonás? ¡Durmiendo profundamente en la bodega!
El capitán lo despertó a gritos: “¿Cómo puedes dormir? ¡Reza a tu Dios, quizás nos salve!”. Los marineros decidieron echar suertes para ver quién era el culpable de tanta furia divina, y la suerte cayó sobre… Jonás. Él confesó: “Soy hebreo y adoro al Dios que hizo el mar y la tierra. He huido de Su presencia. Para detener la tormenta, tírenme al mar”.
Los marineros intentaron remar hasta la orilla, pero la tormenta empeoraba. Finalmente, con remordimiento, arrojaron a Jonás por la borda. ¡Instantáneamente, el mar se calmó!
Pero la historia de Jonás no termina ahí. Mientras se hundía en las profundidades, un pez gigantesco (¡no necesariamente una ballena, sino un gran monstruo marino!) lo tragó entero por orden de Dios. Jonás pasó tres días y tres noches en el vientre viscoso y oscuro del pez. Allí, en su desesperación, oró a Dios con un corazón arrepentido.
Dios escuchó su oración y ordenó al gran pez que vomitara a Jonás en tierra firme. Después de esa experiencia traumática, Jonás no lo dudó dos veces. Se levantó y fue directo a Nínive. Allí proclamó: “¡En cuarenta días, Nínive será destruida!”.
Para sorpresa de Jonás, el rey y todo el pueblo de Nínive creyeron en su mensaje. Se arrepintieron sinceramente, ayunaron y se vistieron de cilicio. Al ver su arrepentimiento, Dios tuvo compasión y perdonó a la ciudad.
Jonás, en lugar de alegrarse, se enojó mucho. “¡Lo sabía!”, se quejó a Dios. “Sabía que eres un Dios clemente y piadoso, lento para la ira y grande en misericordia. ¡Por eso huí! Prefería que los destruyeras”. Jonás se sentó fuera de la ciudad, de mal humor, esperando a ver qué pasaba.
Para darle una lección, Dios hizo crecer una planta que le daba sombra. Jonás estaba feliz por la planta. Pero al día siguiente, Dios envió un gusano que mató la planta, y un viento solano y ardiente que hizo sufrir a Jonás. Jonás volvió a quejarse, deseando morir.
Entonces Dios le dijo: “Tú te compadeces de una planta por la que no trabajaste ni hiciste crecer. ¿Y no habría yo de tener compasión de Nínive, esa gran ciudad con más de ciento veinte mil personas que no saben distinguir su mano derecha de su izquierda, y muchos animales?”.
La historia de Jonás termina así, con una poderosa lección sobre la misericordia universal de Dios, ¡una lección que Jonás aprendió de la manera más difícil (y viscosa) posible!

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